Eres -más o menos- lo opuesto a la compañía que siempre busqué, y completamente distinto a lo que los demás esperarían encontrar a mi lado.
Recuerdo que la primera vez que hablamos yo no andaba en posición de poner los prejuicios por delante, así que bajando la guardia decidí sostener contigo una conversación en la que terminaste siendo un total impertinente. Esa primera interacción derivó mi profunda convicción de confiar en los instintos que dicen que debo guardar distancia cuando alguien –aun desde lejos- parece tan pesado.
Si me preguntan qué definió el comienzo entre nosotros de lo que podría llamarse amistad, diría que fue esa ocasión en que te escuché hablando en tono místico y que me causó tanta gracia. Después de eso llegué a comentar incluso que fue una conversación agradable. ¡Tanto me alegraba darme cuenta de que había algo más complejo debajo de tan trivial exterior –y entorno-!
Fíjate, un año después, tu irreparable antipatía se ha hecho parte necesaria de mi cotidianidad. Ese insaciable afán de llevarle la contraria al mundo, de sentirte por encima del promedio, y hacerte el rebelde, terminó convirtiéndose en la porción agradable que contiene la apabullante rutina que vivimos.
Tras tu cara de tango y boleros, se esconden muchos más mundos de los que en principio pude imaginar, y aunque insistas en declamar casi a gritos que eres un patán, no puedes ocultar que realmente eres todo un caballero.
Eres la nubecita negra que sonríe cuando estoy de mal humor, y que ante la mirada atónita de todos, hace eco de mi descontento, volviéndolo luego un motivo más para reír. Eres autor de una nueva pista en el soundtrack de mi vida y definitivamente, una de las notas secretas que se escuchan cuando el silencio se hace presente. Eres la negativa a sucumbir, y la constante queja que deja tras de sí un inesperado alivio.
Eres el factor común entre las dos caras de mi vida, y uno de los puntos que he decidido enumerar para convencerme de que todo camina como debe, aunque no baile el ritmo que yo espero.
Eres cómplice –además- de muchos crímenes inconfesos, y seguramente artífice de muchos más que aún resta cometer.
Eres tan tú, tan único e insoportable como necesario.
Y te quiero, mamarracho. Aunque nunca llegue a decírtelo.
Recuerdo que la primera vez que hablamos yo no andaba en posición de poner los prejuicios por delante, así que bajando la guardia decidí sostener contigo una conversación en la que terminaste siendo un total impertinente. Esa primera interacción derivó mi profunda convicción de confiar en los instintos que dicen que debo guardar distancia cuando alguien –aun desde lejos- parece tan pesado.
Si me preguntan qué definió el comienzo entre nosotros de lo que podría llamarse amistad, diría que fue esa ocasión en que te escuché hablando en tono místico y que me causó tanta gracia. Después de eso llegué a comentar incluso que fue una conversación agradable. ¡Tanto me alegraba darme cuenta de que había algo más complejo debajo de tan trivial exterior –y entorno-!
Fíjate, un año después, tu irreparable antipatía se ha hecho parte necesaria de mi cotidianidad. Ese insaciable afán de llevarle la contraria al mundo, de sentirte por encima del promedio, y hacerte el rebelde, terminó convirtiéndose en la porción agradable que contiene la apabullante rutina que vivimos.
Tras tu cara de tango y boleros, se esconden muchos más mundos de los que en principio pude imaginar, y aunque insistas en declamar casi a gritos que eres un patán, no puedes ocultar que realmente eres todo un caballero.
Eres la nubecita negra que sonríe cuando estoy de mal humor, y que ante la mirada atónita de todos, hace eco de mi descontento, volviéndolo luego un motivo más para reír. Eres autor de una nueva pista en el soundtrack de mi vida y definitivamente, una de las notas secretas que se escuchan cuando el silencio se hace presente. Eres la negativa a sucumbir, y la constante queja que deja tras de sí un inesperado alivio.
Eres el factor común entre las dos caras de mi vida, y uno de los puntos que he decidido enumerar para convencerme de que todo camina como debe, aunque no baile el ritmo que yo espero.
Eres cómplice –además- de muchos crímenes inconfesos, y seguramente artífice de muchos más que aún resta cometer.
Eres tan tú, tan único e insoportable como necesario.
Y te quiero, mamarracho. Aunque nunca llegue a decírtelo.
1 comentarios:
Pues me honra que el mío sea el primer comentario, ya que encuentro que la calidad y variedad del metamensaje en el texto se une a lo literal para construir una muestra agradable, creativa, egocéntrica, inteligente, cuidadosa, seguramente reflejo del alma que la parió. Y si algo necesita este mundo adocenado es de almas así. Yo estoy por soyotuel@hotmail.com por si alguien opina diferente a mí, y quiere discutir este tema o cualquier otro que también sea de mi interés...
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