Nunca fui la chica linda, ni por la mente me pasó cómo sería estar en el lugar de las niñas que año tras año eran la madrina del salón, siempre fui parte del grupo de los tonos grises que no están aquí, ni allá, que realmente, para quien mira desde afuera, no están en ninguna parte. Not a big deal… at all.
Sin embargo, a medida que pasan los años y vamos siendo un poquito conscientes, aprendemos también a captar la impresión que causamos en el resto del mundo… Y cuando comenzamos a tener cierto grado de vida social, la realidad se pone en evidencia. Los niños pueden ser crueles en su inocencia, y pueden decir cosas sin importancia que a la larga terminan dejando huella.
Por ejemplo, ser gordita de niña mágicamente te convierte en el depósito de todos los apodos indeseables y aaaaños después, puede aún causar cierta incomodidad. Alguna vez, alguien me llamó Yocosuna en el 5to grado de primaria, no recuerdo quién, pero el dedo que me señalaba sigue siendo bien nítido a la hora de recordar, queriendo, o sin querer… pues fue en ese momento, cuando realmente caí en cuenta de que no era una niña más, era la gordita del salón. Hasta entonces no había tenido la menor importancia, pero aún siendo sólo una niña, me vi, por cuenta ajena, señalada en lo que en ese momento pasé a considerar mi defecto predominante.
En el 9no grado me gustaba mi mejor amigo, y yo sabía que era recíproco, pues era realmente… obvio. Hasta que mi mejor amiga llegó con la noticia de que el muchacho, evidentemente decía estar enamorado (qué fácil emplea aún hoy esa palabra) de mí, pero no pensaba hacer nada para llegar a algo más, precisamente porque no tenía intenciones de ser el novio de la gordita del salón. Jodida gordita que siempre estaba en medio cuando quería hacer algo… fucking gordita a quien siempre veían al hablar conmigo, en lugar de verme a mí.
En el 2000 internet llegó a mi casa, y con internet llegaron los cyber amigos. Con uno más que con otros hablé durante largo tiempo, y cuando llegó la hora de vernos en persona, con grandes expectativas lo esperé en el lugar acordado. Claro, llegó, hablamos, nos reímos un rato. Pero antes de todo eso, escuché cómo, con los dientes apretados, le decía a una de sus amigas presentes “la lengua es el castigo del cuerpo”, mientras demarcaba en el aire un círculo perfecto con su dedo.
En 2006, mi amigo de moda, el de las conversaciones nocturnas de 9 horas, el de los mismos gustos musicales, el admirador de mi colección de películas, el justiciero de mis sueños, el mismo que ahora me cuenta esto como parte de una extraña anécdota del pasado, le comenta a su hermano que esta chica que acaba de conocer “sería realmente genial… si pudiera poner su mente en otro cuerpo”.
Tres hechos aislados en toda una historia que no vale la pena contar.
Realmente no creo que alguno de ellos se haya detenido a pensar alguna vez en el sentido que sus palabras podían tomar en mi mente, y tal vez ninguno sabrá que hablo de ellos en cuanto lean este post, sin embargo, acá estamos, y 14 años después, soy capaz de recordar con frustrante perfección incluso las palabras que emplearon cuando fue importante establecer juicios hacia mí. Ninguno puso por encima de lo visible, lo impalpable y realmente valioso que había llegado a mostrarles hasta el momento.
No me hubiese importado nada realmente si en todo ese tiempo hubiese sido completamente transparente, si lo que le impedía al mundo verme para invitarme a salir, o los alejaba como campo de fuerza a la hora de considerarme más que una compañera no hubiese sido intermitente. Repentinamente no se es transparente cuando se dan cuenta de que redactas un poco mejor que ellos y es necesario escribir algo que será leído en público. Dejas de ser transparente, cuando tu inglés mejora, y eres la única con la traducción a la mano. Dejas de ser transparente cuando necesitan rellenar el último cupo del equipo de volley, kicking, base, y lo que sea, ball. Dejas de ser transparente cuando tienes a la mano cualquier cosa que ellos puedan necesitar/querer/usar… y como guinda sobre el helado se consiguen con el premio gordo de tu generosidad. Y ojo, esto no lo digo por nadie que haya citado un par de párrafos arriba.
Dan arrechera. Y lo digo ahora, no porque me importe, sino porque por mucho tiempo me importó. Y hoy, por experiencia propia puedo decirles a quienes estén en la misma situación que cuando comiencen a decirle que no a los ciegos intermitentes, estarán alzando la voz tan necesaria para que quienes realmente importan puedan escucharlos.
No faltará quien me llame resentida… y nada más lejano a la realidad. He sido feliz toda la vida, y seguiré siéndolo, me miren de primera, o no, finalmente, terminan escuchándome, que es lo importante.
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3 comentarios:
Excelente Post mi doc :]!!! Y mira que yo soy lo peor (nunca comento :[...)
Me recordo muchisimo a mi mejor amiga.
Y parece mentira pero uno de niño siempre es MUY CRUEL :/... no se sabe lo mucho que se puede herir con las palabras.
Un besote! y lo que no mata fuerzas da... Da gracias por el ayer porque eso te hizo quien eres hoy ;]
Wow! Grandes palabras!
Fíjate que yo pasé muchas calenteras (aún lo vivo, pero ya aprendo a canalizarlo) por el extremo opuesto... Siempre era el "flaquito", "zancudo", etc. del grupo.
Pero el único que les hizo ganar un premio a mejor banda musical escolar, el que les puso siempre en los primeros lugares en materias como inglés, castellano e historia... El que nunca les "dejó morir" a la hora del desayuno cuando faltaban "50 bolos" para un jugo.
Algunos de esos son muy grandes amigos ahorita, otros ya no me recuerdan y a otros más adelante les diría ese NO que les hacía falta, y también desaparecieron.
La crueldad de los niños es algo impresionante que a veces nos cuesta a creer. A veces es mejor tomarlo como inocencia, pero a esa edad que un dedo burlón al cual se unen otros más por el simple hecho de ser "populares" te señale, resulta ser algo que a la larga marca tu vida.
Y es que simplemente no ven más allá de sus narices, no se dan cuenta que a la final siendo tú misma has llegado a ser en esta vida una gran persona sin la necesidad de usar tu dedo para señalar de manera burlesca alguien.
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